Domingo 17 DE Noviembre DE 2019
Domingo

Chile

Fecha de publicación: 03-11-19
Por: Jaime Barrios Carrillo

Las protestas masivas en Chile tomaron por sorpresa a muchos analistas. La que se consideraba la tierra perfecta del neoliberalismo muestra evidentes signos de colapso. Se trata de manifestaciones populares que superan los dos millones de personas, un verdadero movimiento ciudadano. La chispa que encendió la hoguera fue el aumento de 30 pesos al pasaje urbano en el metro, el cual fue atacado y muchas estaciones cerradas por masas enfurecidas. También un incendio que provocó tres muertos. Pero este aumento fue solo la cabeza del iceberg de la inconformidad ciudadana, que se resume en una frase: “No son 30 pesos sino 30 años de injusticia”. Chile es uno de los ocho países más desiguales del mundo. El uno por ciento rico recibe el 26.5 por ciento de los ingresos, mientras que el 50 por ciento más pobre recibe solo el 2.1 por ciento, informa la agencia de la ONU CEPAL.

Muchos factores han contribuido al rechazo generalizado al gobierno y al sistema, juntándose y acumulándose consecuencias negativas para el nivel de vida de los chilenos que incluyen servicios básicos, salud, educación, salarios, etcétera. En el centro de la crítica está el señalamiento de las consecuencias nefastas de las privatizaciones y el debilitamiento del sector público, por ejemplo se calcula que solo el 20 por ciento de la población cuenta con medios para acudir a centros médicos y/o consultorios privados, mientras el resto debe hacerlo en hospitales públicos que tienen en comparación un servicio de mala calidad y una atención al paciente saturada y sobrecargada. 

Una encuesta de la oficina estatal de estadística muestra que el 60 por ciento de los hogares en el país chileno tiene ingresos inferiores a los gastos de la canasta familiar. Otro sector que ha explotado es el de los jubilados, que demandan un ajuste estructural de las jubilaciones que están en promedio por debajo del nivel del costo de vida, es decir el valor o costo de todos los bienes y servicios que se consumen para obtener un nivel adecuado de satisfacción.

El déficit democrático de Chile se había visto con claridad en las últimas elecciones, cuando apenas el 46.7 por ciento acudió a las urnas. Un cifra muy baja en comparación a la reciente participación en países vecinos/cercanos como Uruguay donde votó un 90 por ciento y la Argentina con 81 por ciento de ciudadanos registrados votantes. El desgaste de los partidos políticos a causa de la falta de resultados y los escándalos de corrupción han sido causas políticas directas de la baja participación ya la falta de credibilidad a la clase política.

Las reacciones iniciales del presidente Sebastián Piñera fueron un desastre, caracterizadas por la falta de de un juicio político mínimo. Piñera proclamó que se trataba de “una guerra” y por primera vez en décadas sacó al Ejército a las calles a reprimir las protestas con resultados trágicos de muchos muertos, miles de heridos y detenidos. El nivel de aceptación de su gobierno está ahora por debajo del 15 por ciento.

Pero a pesar de la brutalidad de las fuerzas de seguridad las protestas continuaron y continúan, exigiendo la salida de Piñera y el cambio de la Constitución, elaborada y aprobada en los tiempos de la dictadura del general Pinochet, quien terminó sus días bajo la acusación formal de corrupción, falleciendo antes de que pudiera ser condenado.

Piñera ha dado no uno, sino varios pasos atrás, llegando a pedirle perdón al pueblo chileno y destituyendo a parte de su gabinete. También ha anunciado un paquete de medidas para solventar la difícil situación social. Esta marcha atrás y arrepentimiento del gobierno chileno recuerda los desórdenes en semanas pasadas en el Ecuador, cuando miles de indígenas pertenecientes a los pueblos originarios demandaron con manifestaciones y acciones de bloqueos y toma de edificios institucionales la derogación del decreto N° 883 del presidente Lenin Moreno, que pretendía eliminar los subsidios a los combustibles. El gobierno de Moreno dio también marcha atrás y decidió derogar y negociar el referido decreto. Moreno enfrenta un creciente descontento por sus medidas neoliberales y el deterioro de la calidad de vida de amplios sectores sociales.

A pesar del crecimiento macroeconómico, en Chile la desigualdad ha aumentado. La riqueza se concentró en pocas manos mientras las carencias alcanzan a estratos amplios de la población. El espíritu de las protestas en Chile es el de rechazo rotundo al sistema neoliberal, es decir a los mercados no regulados, a menores impuestos para los sectores que más ingresos tienen y no a las privatizaciones a ultranza que han hecho del servicio y sector público un barco con demasiados agujeros y que se encuentra en estado de naufragio.

Samir Amin, economista egipcio, estudioso del desarrollo y subdesarrollo, también conocido como crítico acérrimo del comunismo soviético, comparó al neoliberalismo con un virus letal del cual la humanidad lograría recuperarse. La enfermedad neoliberal se reconoce por las ronchas del mercado autorregulado y el supuesto fin del papel del Estado en la economía y los asuntos sociales, reduciéndolo a solo dos funciones: seguridad y justicia pero sin tomar en cuenta la justicia social ni la seguridad social.

Otro economista y Premio Nobel, el norteamericano Joseph E. Stiglitz, considera que “el fundamentalismo de mercado neoliberal siempre ha sido una doctrina política que sirve a determinados intereses. Nunca ha estado respaldado por la teoría económica. Y tampoco está respaldado por la experiencia histórica”.

Pero lo peor para Stiglitz han sido las consecuencias de las políticas neoliberales, afirma: “está claro quiénes son los perdedores: aquellos que siguieron políticas neoliberales, que no solo han perdido la lotería del crecimiento, sino que cuando esos países crecían, los beneficios iban a parar desproporcionadamente a las clases más altas”.

Las últimas décadas demostraron que el neoliberalismo es inviable en América Latina para superar la pobreza. En Guatemala esta aumentó en contraste con la concentración de mayor riqueza en menos manos. La falta de equidad en la distribución de la riqueza, socialmente creada pero privadamente distribuida, ha alcanzado niveles inaceptables en el país. Y es origen de la violencia, la inseguridad y la migración masiva de ciudadanos a los Estados Unidos. La pobreza tiene causas estructurales y muy dañinos efectos.

En cuanto a políticas públicas, el neoliberalismo se aplicó durante tres décadas con las negativas consecuencias a la vista. Sería una actitud de ceguera y exacerbado sectarismo seguir disfrazando los fracasos con la machacada excusa de que “no fue el neoliberalismo sino el mercantilismo”. Y que el Estado responsable socialmente es algo perverso y negativo, es decir los neoliberales eliminan, por ingenuidad o por cinismo, el concepto del Bien Común. Ya es una probada necedad seguir esperando que la brecha entre riqueza y pobreza la arregle la “mano invisible” a través del supuesto “derrame” de la riqueza creada. El único derrame que se ha dado es el “cerebral” de los teóricos y corifeos neoliberales, ante las consecuencias sociales del capitalismo salvaje.

El neoliberalismo, además, no puede o quiere ver las consecuencias nefastas para el medioambiente, causadas por la falta de regulaciones. Hasta han llegado a negar fenómenos comprobados como el recalentamiento global y la contaminación minera.

En lugar de aprender de las crisis en el continente latinoamericano, la ultraderecha quiere seguir, absurdamente, viendo una supuesta “mano comunista” extranjera en las protestas ciudadanas en Chile y también detrás las acciones del movimiento indígena en Ecuador. En Guatemala se ha llegado a afirmar que detrás de los millones de personas que protestaron en Chile están Maduro y el gobierno cubano. Lo mismo que en Ecuador. Siempre he pensado que la ultraderecha chapina y sus analistas y voceros en los medios es muy limitada en sus juicios y análisis, pero nunca pensé que fueran tan simplistas, realmente con esta afirmación de la “mano comunista” ingresaron históricamente al territorio del gran ridículo, mostrando una estulticia inconsciente, o tal vez consciente e innata.