Lunes 14 DE Octubre DE 2019
Opinión

Riqueza y pobreza

En búsqueda del equilibrio.

Fecha de publicación: 07-10-19
Por: Édgar Gutiérrez

 

La posibilidad del desarrollo está descartada en el tercer mundo. Esa es la sentencia perturbadora y punzante de Edgar Morin, filósofo y sociólogo francés. ¿Razones? El empresariado es débil, su crecimiento está atrofiado, tiende a constituirse en una casta que disfruta, pero no invierte (en capital humano, social, o sea, confianza, redes sociales y normas efectivas, y en capital físico). El Estado no logra constituirse en un instrumento administrativo eficiente, se encuentra carcomido por la corrupción y padece el parasitismo de las clientelas del poder.

Esto lo escribió Morin en uno de tantos ensayos en los que, a partir de 1965 y durante las siguientes tres décadas, reflexionó sobre la crisis de la humanidad. La editorial Gedisa publicó en 2002 varios de esos escritos con el título Introducción a una política del hombre. Hace unas semanas, tras una rápida mirada sobre la estantería, casi al azar, saqué ese libro para que me acompañara en un viaje. En el camino descubrí que lo tenía subrayado y con anotaciones al margen hasta la página 108, de 183. Para retomar el hilo opté por leer solo la argumentación que, en algún momento impreciso, me invitó a reflexionar. Obvié mi ilegible caligrafía en las orillas, pues por lo general son mis propios alegatos imaginarios con los autores.

Tres páginas adelante está el epígrafe “El punto óptimo de desarrollo (Tercer Mundo)”, en el que se pregunta cuál debe de ser la velocidad del crecimiento económico. Escudriña dos modelos: el de las fuerzas libres del mercado y el de la centralización-planificadora del Estado. A uno lo cuestiona por el “parasitismo de los beneficios”, y al otro por su “rigidez burocrática”. Ambos son coercitivos –dice– y el punto óptimo debe buscarse en el “mínimo grado de coerción”.

Los ojos se me iluminaron cuando, al final de un párrafo, encontré esta frase tentadora: “(Ese punto óptimo) debe permitir la transferencia de la savia cultural autóctona a la civilización técnica”. De inmediato lo subrayé, anotando al borde: Debe ser avenida de doble vía. Regresé de nuevo a las páginas subrayadas para captar mejor el razonamiento, y seguí adelante. La argumentación es extensa y compleja. La resumo y simplifico: El mundo pobre posee una riqueza humana y el mundo rico padece de pobreza humana.

Cuando el desarrollo tiene una sola dimensión material, científico-tecnológica, tiende a empobrecer el espíritu y, en algún momento de la vida, la vida misma pierde sentido. El subdesarrollo que sufrimos es la carencia maldita y la negación de oportunidades; sin embargo, se ha preservado en pueblos que resisten –a los que muchas veces despreciamos– la sabiduría de antiguas civilizaciones. Traigamos a la mesa el viejo dilema de los “medios” y el “fin”. El aprendizaje consiste en no disociar el camino del destino, porque uno da vida al otro, o muere con él. “La meta se encuentra en el propio camino”.

Así la vida puede resultar un fascinante viaje en el que se construyen equilibrios. Esa es la clave. El equilibrio entre el ser humano y la naturaleza; entre el avance técnico y la riqueza espiritual; entre la conciencia del desarrollo y el desarrollo de la conciencia. Otro modelo de desarrollo debe ser flexible y plural. “Su originalidad reside en la forma en que se combinen” los elementos de otros modelos, incluyendo el acoplamiento de empresas capitalistas, cooperativas, emprendedores y funciones estatales. Dicho de otro modo: El equilibrio entre gigantes, articulados por clases medias robustas.